En defensa de los propios sueños

Si algo nos ha traído esta pandemia, es un cambio de paradigma a nuestra realidad social.

Fué y es, una carga de profundidad para los, que considerábamos, fundamentos de nuestros mundos interiores y exteriores.

Cada uno lo intentó digerir a su manera. O como pudo.

A mi, en particular, se me indigestó, y durante el primer mes y medio del primer confinamiento, fuí alternando etapas de febril actividad con la que convencerme de que todo seguía igual, con otras de meditación repletas de estupor y desorientación.

Cada día que pasaba, algo dentro de mí se secaba como una esponja al sol dejando al descubierto cavidades oscuras y vacías. Aquella situación me exprimía y parecía exigir mi esencia como persona.

Un día, no recuerdo cual, en plena sima de la montaña rusa en la que se había tornado mi ánimo, miré mi mano derecha y literalmente no la reconocí como mía.

La fría tristeza de la soledad existencial, se materializaba de nuevo en forma de crisis de ansiedad, brote de angustia, histeria o como quiera que le llamen los entendidos.

Lo más profundo de mí, exigía atención.

Mi cerebro fracasaba en reconfigurar una y otra vez las nuevas realidades, que cambiaban o se postergaban día sí, día también, exigiendo un mínimo oasis en el que pacer sosegadamente.

Desde entonces ahora, han pasado unos seis meses.

¡Medio año!.

Me he forzado durante este tiempo a convalecer, echando mano de esos sencillos tratamientos caseros que uno mismo suele recetarse tras oportuno auto-diagnóstico.

Como primer paso, estaba obligado a crear una lista con las cosas negativas que sentía, que me provocaba este símil de distopía en el que me parecía deambular.

Para desterrar los fantasmas personales, lo primero es obligarse a luchar y saber quienes son.

Incialmente, la palabra que me venía a la mente era la de la fría tristeza.

Aquella que amarga lo que le rodea, que oscurece su entorno, desaliento de cualquier atisbo de felicidad.

Como terapia, me obligué a consumir alegría a borbotones, en forma de música, cine, como fuera.

Para todo lo que podía elegir, elegía alegría. No era reír, era apostar por el color, la luz, por la buena compañía…

Conseguida en ocasiones, fracasando en otras, pero insistiendo una y otra vez, viéndola resplandecer más y más a cada paso..

Otra sensación califiqué como fealdad.

El entorno se había vuelto feo.

Más allá de la estética, esta situación traía suciedad trasformándolo todo.

Era feo todo lo que ocurría y todo lo que se contaba, feas las posibles soluciones de esta loca situación, el precio a pagar, su origen, todo nuestro entorno, nuestro futuro, todo feo.

Exploré en busca de hermosas lecturas. Bellas músicas demasiado tiempo olvidadas. Bellezas de armonías, de simetrías.

Bellas imágenes de bellos trabajos de nuestro adictivo mundo.

La belleza y su búsqueda tantas veces menospreciada aunque sin duda, uno de los pilares de la vida.

Sentía el frío hielo del miedo, la congelación de la incertidumbre y la angustia de lo desconocido.

Esa desazón que paraliza la mente, sombra de lo seguro en la desgracia y del inalcanzable en la fortuna.

Me encontré reuniendo pequeñas porciones de valor para ejecutar minúsculos retos que fueran despejando las nieblas del temor y así, lentamente, reconquistar la confianza de la propia fortaleza.

Uno, otro, otro más hasta conseguir la inercia suficiente para rodar, aunque fuera cuesta abajo.

Por último me quedaba enfrentarme al vacío, al sinsentido, la futilidad de lo que uno puede sumar en cualquier vida, incluida la propia.

La desesperanza frente a la posibilidad de pilotar la propia existencia, de trazar la senda a seguir.

Ver los proyectos trabajados durante años, ahora convertidos en quimeras grotescas, pueriles y pretenciosas.

Siempre nos queda la construcción de nuevos sueños, nuevos propósitos que suplan los actuales, más modestos tal vez.

Ahí estamos, valorando cuanto pesa el premio, y cual es la apuesta necesaria para conseguirlo.

¿Apostamos por el viejo conocido, arriesgándonos a que caduque, a que pierda su fuerza, o nos decantaremos por uno nuevo y vigoroso?

¿Tendríamos la suficiente fuerza para parir otro sueño, mas fresco y enterrar el viejo?

¿Realmente, puede un sueño caducar?

¿Uno puede vivir de, para y en un sueño?

Últimamente cuando alguien me pregunta, ¿Cómo estás?, tras un puñado de eternos segundos, acabo contestando con una sonrisa, ¿De verdad quieres que te conteste?…

 

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