Esperando el próximo tren

Esperando a que los otros muevan ficha

Estamos acostumbrados a mentir, principalmente a nosotros mismos.

Pequeñas o grandes mentiras de las que echamos mano, a la hora de justificarnos cuando requerimos margen, mano derecha, y consentirnos aquello que sabemos levemente incorrecto, parcialmente errado o quizás para rendirnos a la pereza que nos asalta al enfrentarnos a determinadas acciones o decisiones.

Para no tratar con según quién y para excusarnos repartiendo culpabilidades hijas de nuestras propias decisiones.

Todas ellas, tal vez reprochables, pero actitudes muy humanas al fin y al cabo.

 

De pronto nos hemos topado con este histórico, global y traumático acontecimiento, que marca un antes y un después (cuantas veces habremos dichos esto),  un hecho que de alguna forma pone a cero la dinámica de nuestro quehacer diario.

Un impactante baño de realidad frente al que no hay cabida a concesiones maquilladoras de sentimientos.

Esta pandemia que se ha erigido en la capa sobre la que levantamos nuestra actividad comunal y  personal, parece haber inmovilizado a la marabunta social, como un zorro deslumbrado de noche, por los faros de un coche en una carretera oscura.

Nos enfrentamos a este nuevo septiembre, paralizados por la incertidumbre y el miedo esperando a ver que es lo que los demás hacen, qué ayudas vamos a recibir, qué gurú nos marcará el nuevo camino a seguir, que luz que nos iluminará en este oscuro túnel.

Tal vez sea acertado esperar el resultado de lo que hagan los demás, para acabar imitando sus exitosas fórmulas.

Pero en realidad es una inmejorable ocasión para mirar en todas direcciones y con la mayor honestidad, dejando de lado cualquier excusa que tranquilice nuestro ego, ver dónde estamos y corregir las posibles derivas del rumbo que nos habíamos marcado cuando arrancamos nuestros respectivos proyectos.

Nada va a ser sencillo, nadie nos ayudará más que nosotros mismos, pero nuestro proyecto profesional tiene muchos números de acabar en buen puerto, si decidimos sincerarnos con nosotros mismos y huimos de fórmulas sencillas y rápidas.

No es que tengamos que buscar los caminos mas enrevesados para llegar, pero sí que la CALIDAD global, así en mayúsculas (en lo que hacemos, lo que ofrecemos, el cómo, el dónde…), es el mejor componente para elaborar una fórmula ganadora.

Apostar por nuestra calidad y la de nuestro negocio, nos permitirá aferrar con la máxima fortaleza los mandos de nuestra locomotora, para guiarla hacia las estaciones de nuestra particular odisea.

Elegir la calidad y el trabajo (invocamos una vez más estos grandes componentes del éxito) , nos dará la posibilidad de combatir la pandemia económica que padecen nuestros negocios.

Reajustando una y otra vez la fórmula, a medida que nuestros clientes, colaboradores y entorno, lo requieran.

Discerniendo con criterio el simple capricho momentáneo, de la consolidada exigencia del mercado, ponderando los riesgos con insistencia.

Elijamos el presente para poner en marcha nuestros trenes, con el entusiasmo y convicción de los primeros días, como de una reapertura se tratara.

No lo van a hacer por nosotros.

Dejemos de esperar los próximos trenes que nos han de traer LAS VACUNAS, las fórmulas milagrosas que los sabios están ideando para nuestros negocios.

No se sabe cuando llegarán.

Si es que llegan alguna vez…

 

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